MADRID – La política pocas veces brinda una segunda oportunidad con una coincidencia tan favorable como la experimentada por Junts per Catalunya durante esta legislatura. Los siete diputados del partido independentista alcanzaron una posición de influencia sin precedentes frente a un Ejecutivo central dispuesto a facilitar concesiones para mantener la gobernabilidad. No obstante, la gestión de esa ventaja política ha evidenciado un aumento de la desconexión entre las prioridades de la dirección en Waterloo y las necesidades reales de la sociedad catalana.
El poder de influencia se canalizó casi en exclusiva hacia un único objetivo: la aprobación de la Ley de Amnistía. Aunque Junts presente este avance como una victoria simbólica y una concesión del Estado desde su retórica soberanista, la percepción popular indica lo contrario. La prioridad dada a las soluciones jurídicas personales frente a los problemas estructurales ha empezado a afectar negativamente su respaldo electoral y la opinión pública.
El barómetro catalán pone en alerta la desconexión social
Las recientes encuestas demuestran un desgaste considerable en el apoyo al bloque independentista tradicional. Los estudios divulgados este verano coinciden en mostrar una caída notable para Junts, que se encuentra en un ajustado empate técnico con Aliança Catalana, una nueva formación que capitaliza el descontento en el sector soberanista.
El último barómetro del Centro de Estudios de Opinión (CEO), equivalente catalán del CIS, revela una discrepancia importante en las prioridades ciudadanas:
- Preocupaciones reales: La población sitúa el acceso a la vivienda (28%) como su principal inquietud, seguida por la gestión de la inmigración (10%) y la seguridad ciudadana (10%).
- Cuestión soberanista: El tema de las «relaciones Cataluña-España», único aspecto vinculado de forma directa al proceso independentista, ha caído hasta casi desaparecer en la lista de prioridades, con un interés del 2%.
A pesar de contar con capacidad para influir en las políticas estatales respecto a economía, fiscalidad o vivienda, Junts decidió enfocar sus negociaciones en demandas de competencias abstractas. Esta estrategia ha distanciado a su electorado, que observa cómo el Gobierno central mantiene su estabilidad en Madrid gracias a apoyos de un partido que paradójicamente intenta desvincularse de esa gestión.
El factor Waterloo y el desafío con la nueva realidad social
La táctica de Junts para mantenerse se basa en la expectativa del retorno de Carles Puigdemont después del verano. Sin embargo, los análisis políticos indican un obstáculo difícil de superar, que ni múltiples resoluciones judiciales favorables lograrán alterar: el efecto de nueve años de ausencia en el extranjero.
Cuando Puigdemont abandonó Cataluña en otoño de 2017, el contexto socioeconómico era muy distinto; temas como la crisis de la vivienda o los debates migratorios no ocupaban un lugar central en la agenda pública. La desconexión con la realidad cotidiana se refleja en sus discursos, enfocados en temas como la «represión estatal» o la lengua, mientras que sus competidores en el nacionalismo, como Sílvia Orriols de Aliança Catalana, centran su mensaje en la defensa de la propiedad privada, el control de mezquitas o la escasez de vivienda. Son dos visiones contrapuestas que compiten por los mismos votos y que sitúan a la vieja guardia de Waterloo fuera del contexto actual catalán.
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