En los años 1960 y 1970, la infancia estuvo marcada por una rutina diaria en la que los niños gozaban de un amplio espacio de libertad y más tiempo libre sin la vigilancia constante de adultos.
Aquel período se distinguió por el juego espontáneo en la calle, los desplazamientos independientes y una supervisión menos directa por parte de los padres. Contrario a la idea que atribuye la fortaleza de esa generación a métodos educativos superiores, los estudios en psicología y las observaciones familiares sugieren que el factor clave fue la exposición habitual a situaciones donde los menores tenían que desenvolverse por sí mismos en un contexto sociocultural muy diferente al actual.
Un ambiente diario definido por la libertad y la autogestión
Los niños que crecieron en las décadas de 1960 y 1970 no contaban con tecnologías actuales que permiten localizarlos al instante, como teléfonos móviles o apps de mensajería. Tampoco era común que las agendas infantiles estuvieran repletas de actividades extraescolares organizadas. En este contexto, era habitual que los menores fueran solos al colegio, jugaran durante horas en plazas, solares o entradas de edificios, y regresaran a casa al anochecer.
El espacio público funcionaba como una extensión del hogar. Sin la presencia de adultos que planificaran el tiempo, los niños tenían que organizar sus propios juegos, empleando objetos sencillos como bicicletas, balones, cromos, canicas o cuerdas. Esto les exigía negociar reglas, establecer turnos y resolver sus disputas sin la intervención continua de una autoridad.
Organismos internacionales como UNICEF subrayan que el juego libre es fundamental para estimular la creatividad, la autonomía y la capacidad crítica para solucionar problemas, especialmente cuando los niños cuentan con el espacio necesario para tomar sus propias decisiones en el juego.
Asumir responsabilidades y resolver conflictos
La autonomía infantil de los años 60 y 70 no se limitaba al juego, sino que también abarcaba la realización de tareas domésticas y rutinas diarias. Realizar compras en tiendas cercanas, preparar el material escolar, cuidar de hermanos menores o desplazarse por el barrio eran aprendizajes habituales. La supervisión parental existía, pero de forma menos inmediata y directa que en la actualidad.
Esta autonomía relativa implicaba que los niños afrontaran directamente las consecuencias de sus actos. Olvidar algún objeto, enfrentar un conflicto con sus iguales o alejarse más de lo común requería de una respuesta individual antes de rendir cuentas en casa. Este contacto frecuente con pequeñas dificultades contribuía a desarrollar un sentido de responsabilidad y autoeficacia desde temprana edad.
Además, la interacción continua con sus pares promovía habilidades sociales. La imposibilidad de abandonar rápidamente una actividad, como ocurre con las plataformas digitales actuales, les obligaba a comunicarse, superar frustraciones y negociar en persona para continuar el juego.
Un modelo de crianza con aspectos positivos y negativos
Un análisis riguroso de la crianza en los 60 y 70 evita idealizar un periodo que tuvo carencias estructurales. La falta de supervisión constante, aunque favorecía la autonomía, también representaba riesgos evidentes para la seguridad física de los niños, quienes tenían menos información sobre ciertos peligros y un entorno protector menos organizado que hoy.
Asimismo, el sistema educativo de entonces se caracterizaba por una disciplina estricta y normas familiares rígidas. Muchas veces, la obediencia sin cuestionamientos primaba sobre la expresión emocional, limitando que los niños manifestaran sus inquietudes o cuestionaran instrucciones. Por ello, los expertos coinciden en que no se debe replicar íntegramente los métodos punitivos o distanciados del pasado, sino identificar qué elementos favorecieron el desarrollo de habilidades adaptativas.
En la pedagogía española de aquella época comenzaban a introducirse progresivamente actividades fuera del aula, orientadas a fomentar la convivencia y la autonomía en el ámbito escolar y social, siguiendo recomendaciones de organismos como la UNESCO que promovían entornos de exploración.
Equilibrar autonomía y protección en la educación actual
La experiencia de la generación de los 60 y 70 ofrece lecciones relevantes para equilibrar el desarrollo de independencia con la protección necesaria hoy. La diferencia esencial respecto a la actualidad no está en la ausencia de límites, sino en cómo se brinda a los niños la posibilidad de tomar decisiones acordes a su nivel de madurez.
UNICEF enfatiza que el desarrollo adecuado de la autonomía requiere balancear la libertad con marcos de seguridad definidos por adultos. Permitir que los niños asuman responsabilidades graduales, gestionen su tiempo libre con juegos no estructurados y enfrenten pequeños obstáculos resulta fundamental para formar personas capaces, seguras y con recursos para la vida adulta.
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