Un escueto mensaje de entusiasmo deportivo ha bastado para levantar, una vez más, las alfombras del sectarismo en Cataluña. Lo que para cualquier ciudadano del mundo es un hito histórico —la victoria de un español, Carlos Alcaraz, ante la leyenda Novak Djokovic en la final del Open de Australia— se ha convertido para los sectores más radicales del separatismo en una afrenta imperdonable a las instituciones catalanas.
La polémica se desató este domingo cuando Albert Dalmau, conseller de Presidència y actualmente al frente de la Generalitat por la baja médica del presidente Salvador Illa, publicó en sus redes sociales un expresivo «¡¡ALCARAZ!!». Lejos de ser recibido como un gesto de normalidad democrática y orgullo nacional, el tuit fue el detonante de una catarata de insultos y reproches por parte de una militancia independentista que todavía no digiere el cambio de ciclo en el Palau de la Generalitat.
Los ataques no tardaron en inundar la cuenta del conseller con términos como «asqueroso», «patético» o «insultante». Algunos usuarios, en un alarde de intolerancia, llegaron a cuestionar que Dalmau sea digno de lucir el pin de la Generalitat en la solapa por el simple hecho de celebrar el triunfo de un murciano. Para este sector, cualquier reconocimiento a un éxito español es interpretado como «nacionalismo banal» o, en palabras de los perfiles más extremistas, una muestra de «autoodio» y «esencia del franquismo borbónico».
Esta nueva embestida contra el Ejecutivo autonómico pone de manifiesto el nerviosismo de Junts, ERC y la CUP ante lo que consideran la «españolización» definitiva de la Generalitat. Desde el entorno soberanista se señala al actual gabinete como el PSC más abiertamente españolista de la historia reciente, un Gobierno que, si bien mantiene equilibrios parlamentarios con los republicanos por pura aritmética, ha decidido no esconder sus afinidades personales y políticas con el resto de España.
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UNIRME GRATIS AL CANALPara el independentismo, que Dalmau o el propio Illa —recordado siempre por los radicales por su participación en la manifestación de Societat Civil Catalana en 2017— se emocionen con los éxitos de un deportista nacional es la prueba de que el Palau ya no es el búnker ideológico de antaño. Mientras la calle celebra la gesta de Alcaraz, los guardianes de las esencias separatistas prefieren atrincherarse en el reproche, confirmando que, para ellos, la normalidad sigue siendo el peor de los escenarios posibles.

















