Israel conmemora hoy una fecha crucial en su historia contemporánea: el asesinato de Isaac Rabin, primer ministro y figura representativa del avance hacia la paz con Palestina, ocurrido el 4 de noviembre de 1995. A tres décadas de este hecho, la nación permanece dividida y marcada por el impacto de aquellas tres balas que interrumpieron el mayor esfuerzo de reconciliación con el mundo árabe.
La pregunta “¿dónde estabas cuando asesinaron a Rabin?” continúa siendo habitual entre muchos israelíes, reflejo de la profunda huella que dejó ese acontecimiento. De acuerdo con una encuesta reciente realizada por Canal 12, el 67% de la población muestra preocupación por la posibilidad de que se repita un asesinato político, en un ambiente social aún cargado de intensas tensiones ideológicas.
Una velada por la paz que terminó en tragedia
El 4 de noviembre de 1995, miles de personas se congregaron en la entonces Plaza de los Reyes de Israel (actualmente Plaza Rabin) en Tel Aviv bajo el lema “Sí a la paz y no a la violencia”. La manifestación, convocada para mostrar apoyo a los Acuerdos de Oslo firmados dos años antes con el líder palestino Yasir Arafat, fue una demostración masiva a favor del diálogo.
Rabin, quien había comandado a las fuerzas israelíes durante la Guerra de los Seis Días y posteriormente se consolidó como el “general de la paz”, gozaba entonces de su máximo respaldo político. Minutos después de concluir su último discurso —“El pueblo de Israel desea la paz y la apoya”—, fue atacado a tres disparos a corta distancia.
El agresor que modificó el curso de Israel
El autor del ataque, Yigal Amir, un estudiante de Derecho de 25 años y militante de la extrema derecha religiosa, consideraba a Rabin un “traidor” por entregar territorios en Cisjordania. Aunque los servicios de inteligencia israelíes lo tenían bajo vigilancia, logró acercarse al primer ministro sin ser detectado. Las balas alcanzaron a Rabin cuando se dirigía a su coche oficial, falleciendo poco después a las 23:14 en el Hospital Ichilov.
El asesinato generó un impacto a nivel nacional e internacional. Bill Clinton, presidente de Estados Unidos en ese momento, despidió a su amigo con un emotivo “Shalom, Javer” (“Adiós, amigo”) durante el funeral de Estado en Jerusalén, al que asistieron líderes mundiales.
Una nación todavía dividida
Tras treinta años, Israel recuerda el magnicidio en un contexto de elevada polarización política. La figura de Rabin sigue siendo un símbolo de paz para algunos y motivo de controversia para otros. Su hijo, Yuval Rabin, sostiene que el actual primer ministro, Benjamin Netanyahu, contribuyó a fomentar el clima hostil previo al asesinato. “Mi madre se negó a estrecharle la mano en el funeral. Yo lo hice, pero hoy no lo haría”, señaló recientemente.
Netanyahu, que entonces era un joven dirigente del Likud, siempre ha negado cualquier implicación, afirmando que condenó el asesinato “de manera contundente”.
El legado de Rabin también resuena debido a las tensiones actuales. En un acto considerado simbólico por muchos, Itamar Ben Gvir, actual ministro de Seguridad Nacional y exactivista de extrema derecha —quien en los años 90 presumía de poseer el emblema del automóvil de Rabin— ocupa hoy un puesto de relevancia en el Gobierno.
El legado dejado por Rabin
Isaac Rabin fue más que un político: militar que se convirtió en pacificador. Su muerte no sólo interrumpió el proceso de paz iniciado con Oslo, sino que representó un cambio decisivo en la política israelí y en su relación con los palestinos.
Pasados treinta años, Israel continúa buscando respuestas a las cuestiones planteadas aquella noche. Su esposa, Leah Rabin, afirmó en una ocasión: “Isaac fue asesinado por su propio pueblo, pero murió por la paz”. Hoy, miles de israelíes se reunirán nuevamente en la Plaza Rabin para recordarlo y reafirmar el mensaje que él pronunció en su última intervención: “Sí a la paz y no a la violencia”.











