Han pasado treinta días desde que el descarrilamiento marcó un antes y un después en la historia de Adamuz, un municipio de Córdoba con 4.000 habitantes que ahora busca recuperar una normalidad esquiva. Después del esfuerzo físico y emocional dedicado al rescate de las víctimas —46 fallecidos—, la localidad afronta una etapa delicada: la recuperación de heridas psicológicas que siguen presentes en conversaciones cotidianas y en las noches alteradas.
El impacto emocional en los rescatistas voluntarios
Para quienes estuvieron directamente involucrados, la tragedia no finalizó con la retirada de los trenes. Gonzalo Sánchez, vendedor de la ONCE y héroe anónimo que ayudó a rescatar a heridos con su quad, vive actualmente un proceso difícil. Su trauma se refleja en el silencio y en las huellas físicas que le costó borrar: Gonzalo admite que tardó semanas en limpiar la sangre que quedaba en su vehículo, símbolo de aquella dura noche.
- Consecuencias psicológicas: Muchos voluntarios padecen insomnio, pesadillas recurrentes y ansiedad en su rutina diaria.
- Apoyo especializado: Los servicios psicológicos continúan su labor en la localidad, atendiendo a una comunidad que inicialmente mostraba resistencia, pero que cada vez reconoce la importancia de expresarse para avanzar.
- El peso de los recuerdos: La constante presencia de técnicos cerca de las vías recuerda día a día lo sucedido, dificultando que el pueblo pueda cerrar esta etapa.
Malestar por el «relato erróneo»
Aunque el reconocimiento institucional llegó con la Medalla de Andalucía, en Adamuz persiste la frustración generada por ciertas informaciones erróneas. Gonzalo y otros vecinos manifiestan su descontento por la difusión de rumores falsos sobre supuestos actos de saqueo tras el accidente. «Después de entregarnos por completo, nos han lanzado una piedra muy grave», expresan, defendiendo la integridad de una comunidad que se volcó sin reservas con las personas afectadas.
El aceite de oliva, la solidaridad y lo que viene
En establecimientos locales, como el de Ángel María Montero, las conversaciones intentan cambiar hacia temas como la lluvia o la cosecha de aceitunas, pero inevitablemente el accidente vuelve a surgir. El sentimiento predominante es la esperanza de que Adamuz sea reconocido por su excelente aceite de oliva, aunque se acepta que su nombre quedará asociado para siempre a su respuesta solidaria en el siniestro ferroviario.
La reciente Medalla de Andalucía se recibe como un acto de justicia más que un reconocimiento vanidoso. Para el pueblo de Adamuz, el verdadero protagonista no es una persona en particular, sino la comunidad entera que, entre lágrimas y desvelos, prefiere valorar la salvación de vidas y el alivio de haber cumplido con su deber humano en una de sus noches más difíciles.
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