Amari Bailey, que inició su carrera profesional con los Charlotte Hornets, pretende aprovechar un vacío legal en la NCAA para recuperar su elegibilidad universitaria. El crecimiento de los contratos NIL, que en ocasiones alcanzan montos de hasta 28 millones de dólares como en el caso de Cooper Flagg, está borrando las líneas entre el deporte profesional y el universitario.
El baloncesto en Estados Unidos afronta un desafío jurídico y ético sin precedentes. Amari Bailey, escolta de 21 años con trayectoria en UCLA y experiencia en la NBA, ha comenzado un proceso legal para dar marcha atrás en su carrera y regresar al ámbito universitario. Su motivación es económica, impulsada por el crecimiento de los derechos NIL (Nombre, Imagen y Semejanza), que permiten a los estudiantes obtener ingresos que, en varios casos, superan las ganancias de la liga profesional.
Del protagonismo en la NBA al entorno de la NCAA
Contrario a otros casos recientes, como el de James Nnaji —quien se unió a Baylor tras ser drafteado pero sin haber debutado en la NBA— Bailey ya participó en partidos oficiales. Jugó 10 encuentros con los Charlotte Hornets hace dos temporadas, con un promedio de 2,3 puntos por partido. En total, sus ingresos profesionales entre la NBA y la G-League sumaron aproximadamente 565.000 dólares.
No obstante, estas cifras quedan en segundo plano frente a la actual “burbuja” universitaria. Para ponerlo en perspectiva, Cooper Flagg, destacado jugador de Duke, generó 28 millones de dólares en su única temporada universitaria. Bailey, consciente de que su estatus como “ex-NBA” podría atraer importantes patrocinios, ha contratado un equipo legal para intentar recuperar su lugar en el baloncesto colegial.
El antecedente Bediako: una grieta en las normativas
La propuesta de Bailey se apoya en el caso de Charles Bediako, quien consiguió que un tribunal estatal le autorizara a regresar a la universidad (Alabama) después de haber firmado un contrato profesional en la liga de desarrollo. Aunque la NCAA quiso impedir su reincorporación, quedó un vacío legal sin resolver.
Bailey defiende que su solicitud no es una “maniobra publicitaria”, sino una forma de buscar equidad deportiva y financiera:
“He sido jugador profesional y he adquirido aprendizaje, pero deseo un último año para demostrar que puedo liderar un equipo”, expresó el jugador a ESPN.
Un baloncesto universitario en transformación
La intención de Bailey pone en riesgo los fundamentos de la NCAA. Lo que en un principio fue una competición para aficionados que obtenían una beca estudiantil, se ha convertido en un mercado competitivo donde:
- Se enfrenta directamente con equipos profesionales a nivel global.
- Los jugadores pueden prolongar su permanencia para maximizar la explotación de su imagen.
- La permisividad en los pagos ha transformado a las universidades en entidades que ofrecen contratos “bajo cuerda” equivalentes a los de élite.
Si los tribunales favorecen a Bailey, se establecerá un precedente significativo: la NBA dejará de ser el destino final indispensable, pasando a ser una etapa con posibilidad de retorno según la rentabilidad del lugar donde se compita. La oficina de la NCAA aún no ha emitido pronunciamiento, mientras la comunidad del baloncesto observa con atención cómo el dinero redefine las reglas del juego.
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