El 20 de enero se cumple un año desde que Donald Trump retomó la presidencia de Estados Unidos, un periodo que ha provocado cambios significativos en el orden internacional vigente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Esta etapa destaca porque Trump ha cuestionado y modificado el sistema global que su propio país ayudó a construir.
El mundo conocido por muchas generaciones está experimentando una transformación profunda. La percepción general apunta hacia el surgimiento de un nuevo orden mundial, más que a un simple intervalo histórico. Sin embargo, todavía es incierto si esta transición es permanente o temporal.
Un episodio crucial en este proceso se produjo poco después de la reincorporación de Trump a la Casa Blanca. Durante una llamada con Vladimir Putin, Trump decidió retomar el diálogo diplomático con el presidente ruso, quien había estado aislado debido a sus acciones en Ucrania. Esta decisión rompió con décadas de alineamiento occidental en la política exterior estadounidense.
La comunicación con Putin precedió a cualquier contacto con los aliados europeos o Ucrania, evidenciando una estrategia que priorizaba la relación bilateral con Rusia sobre la estabilidad en Europa del Este. Este enfoque recuerda la lógica imperial propia de la Guerra Fría, en la que las grandes potencias influían directamente en el destino de países en sus respectivas áreas de influencia.
Bajo la administración Trump, Estados Unidos se ha distanciado de múltiples organismos y acuerdos internacionales, como la ONU y la OMS. Esta retirada del multilateralismo ha afectado considerablemente la cooperación global, dado que la política de ‘America First’ coloca los intereses nacionales por encima del trabajo conjunto a nivel internacional.
La política exterior de Trump se centra en el fortalecimiento militar y la expansión de intereses económicos. Esta postura se refleja en sus relaciones con países latinoamericanos y su inusual propuesta de adquirir territorios como Groenlandia, además de su insistencia en que la OTAN debería operar bajo la primacía estadounidense.
A medida que la influencia estadounidense disminuye, países como China y Rusia están consolidando su presencia. La estrategia de Trump contribuye a un mundo multipolar, en el que estos tres actores compiten por la supremacía, y Rusia reafirma su derecho a intervenir en naciones que considera dentro de su esfera de influencia, como Ucrania y Georgia.
En el ámbito del Medio Oriente, los cambios impulsados por la administración Trump han otorgado a potencias regionales como Arabia Saudí un papel mediador en la política internacional, reflejando una nueva configuración en las relaciones de una zona que tradicionalmente estuvo bajo el liderazgo estadounidense.
Las potencias emergentes comienzan a desafiar el orden establecido. Europa, por su parte, enfrenta creciente inestabilidad interna y carece de un plan claro para fortalecer su defensa, lo que la deja más vulnerable ante la reducción del apoyo estadounidense.
En este nuevo contexto global, grandes corporaciones están redefiniendo la escena internacional. Empresas tecnológicas como Amazon y Google han expandido su influencia, repercutiendo en políticas públicas y alterando la dinámica tradicional de poder. Este fenómeno genera una relación compleja entre capital y política que puede comprometer aspectos democráticos.
Con la disminución del número de democracias y la evidente erosión de la democracia estadounidense, el legado de Trump resulta complicado. La promesa de mantener una hegemonía basada en valores democráticos ha quedado en entredicho, dando paso a un legado donde predominan intereses por encima de principios democráticos.
















